A propósito D… 11 de abril, Día Mundial del Párkinson. Neuropsicología y párkinson: neurociencia, cognición, emoción y conducta

Escribir, pintar, caminar o mantener una conversación, implica la realización de movimientos que desarrollamos sin aparente esfuerzo. Sin embargo, a nivel cerebral, supone la puesta en marcha de complejos mecanismos moleculares y vías de comunicación neuronal, que deben actuar en perfecta armonía para lograr una ejecución satisfactoria.

Existen varias zonas cerebrales implicadas en el movimiento. Una de las más importantes es el córtex motor, situado en la parte externa del cerebro o corteza, implicado en enviar las señales que darán lugar al movimiento, activando en última instancia los músculos necesarios (vía piramidal). Otras estructuras cerebrales, localizadas en regiones más profundas o subcorticales, como los denominados ganglios basales, tienen la función de modular la señal emitida por el córtex motor, de manera que ajustan el movimiento, haciéndolo más preciso y efectivo (vía extrapiramidal). La acción coordinada de estas dos vías tiene como resultado un movimiento rápido, preciso y funcional.

Cuando existe un problema de comunicación en las vías neuronales indicadas o en los mecanismos biológicos que subyacen, el resultado es una alteración en la acción motora que gobiernan, dando lugar a los llamados trastornos del movimiento, entre los que se encuentra el párkinson.

El 11 de abril es el día mundial del párkinson, fecha que coincide con el aniversario del nacimiento del científico James Párkinson, médico, geólogo, botánico, sociólogo y paleontólogo británico, que describió por primera vez esta enfermedad, en 1817.

La enfermedad de párkinson (EP) se caracteriza por la degeneración progresiva de neuronas de los ganglios basales, en concreto, de la sustancia negra, por acumulación de agregados proteicos intracelulares (principalmente α-sinucleína, dando lugar a los llamados cuerpos de Lewy). La sustancia negra es la zona de los ganglios basales responsable de producir el neurotransmisor dopamina, una molécula implicada en numerosas funciones cerebrales, entre las que se incluye la cognición, la motivación o el movimiento. Cuando la sustancia negra degenera, no produce suficiente dopamina; como consecuencia, los circuitos neuronales de la vía extrapiramidal, los implicados en regular el movimiento y su precisión, comienzan a ser disfuncionales. El resultado es la aparición progresiva de los síntomas propios del párkinson: temblor en reposo, rigidez, bradicinesia (movimientos lentos) y alteraciones posturales y de la marcha. Éstos son los llamados síntomas motores de la EP, también denominados coloquialmente como síntomas “visibles”.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los pacientes con EP también presentan síntomas no motores (o “no visibles”) derivados del proceso neurodegenerativo. Los más comunes son: deterioro cognitivo, depresión, ansiedad, trastornos del control de impulsos, apatía y trastornos del sueño. En concreto, los síntomas psicológicos en la EP (relativos a cognición, emoción y/o conducta alterada), suelen asociarse a la aparición de cuerpos de Lewy, además de en la sustancia negra, en otras zonas distintas y de manera difusa, como el sistema límbico (implicado en emoción, memoria o conductas de supervivencia) y neocórtex (implicado en el razonamiento, el control de impulsos, las funciones ejecutivas y otros procesos cognitivos). Sin embargo, se ha demostrado que pueden estar causados por alteración en otros sistemas de neurotransmisión no dopaminérgicos. Es en este tipo de síntomas, donde la psicología juega un papel muy relevante, especialmente una de sus especialidades clínicas, la neuropsicología.

Los profesionales de la neuropsicología son psicólogos clínicos o sanitarios con formación de postgrado en los aspectos clínicos de las neurociencias. Su trabajo se enmarca en la evaluación e intervención cognitiva, emocional y conductual en patologías y trastornos donde el sistema nervioso está alterado o dañado: principalmente, en daño cerebral, trastornos del neurodesarrollo y trastornos neurocognitivos. Entre estos últimos, se encuentra el asociado a la EP.

En la EP, la evaluación neuropsicológica ayuda al equipo clínico implicado en el manejo de estos pacientes a establecer qué funciones cognitivas, y en qué grado, están alteradas o preservadas, en cada momento. Así, determinan el efecto mental (cambios cognitivos, emocionales y conductuales), tanto de los fármacos, como de la progresión de la enfermedad (por ejemplo, si cursa con demencia o no), lo que permite hacer mejores predicciones sobre el pronóstico del paciente y la toma de decisiones, no sólo terapéuticas, sino también de acción social, laboral y personal.

En concreto, el perfil neuropsicológico en la EP que cursa con demencia (EP-D), considerando ésta como la alteración objetivada y funcional de dos más dominios cognitivos, suele fluctuar entre perfiles con dificultades en atención, disfunción ejecutiva y problemas en el recuerdo libre y la función visoespacial, encontrándose las funciones básicas del lenguaje, preservadas.

En estadios tempranos se observan dificultades en tareas atencionales que implican la ejecución de tareas simultáneas, siendo común también una baja velocidad de procesamiento. Existe también evidencia de un déficit ejecutivo en estadios iniciales, que, sin embargo, es muy heterogéneo. Asimismo, es común encontrar dificultades visoperceptivas y visoconstructivas, especialmente en casos que presentan alucinaciones visuales; uno de los síntomas psicóticos más frecuentes en EP-D. Respecto a la memoria, el reconocimiento inmediato suele estar preservado; sin embargo, la memoria demorada y a corto plazo presenta alteración, no siendo esta, la principal función cognitiva predominante en la EP-D. Por último, aunque el lenguaje se encuentra preservado, sí puede observarse una disminución del rendimiento en la fluidez verbal (mucho menos acusada que en la enfermedad de Alzheimer) y dificultades con el uso y recuperación de palabras que implican acción, como los verbos.

Asimismo, merece especial mención la posible presencia de sintomatología depresiva, ansiosa y psicótica (esta última pudiendo dar lugar a conducta paranoide, como celotipias), que va a requerir, en caso de manifestarse, de la acción conjunta de intervención farmacológica y no farmacológica. Un equipo multidisciplinar, formado no solo por médicos, sino también por psicólogos y otros agentes sanitarios, es necesario para sumar conocimientos y estrategias para controlar los efectos negativos de estos síntomas.

Por último, el psicólogo adquiere un rol muy importante en el manejo cognitivo-conductual de los trastornos del sueño y la apatía en EP, así como en la prevención y seguimiento de sintomatología asociada a la pérdida del control de impulsos; un porcentaje de personas con EP desarrollan conductas adictivas y compulsivas, generalmente asociadas al consumo de fármacos agonistas dopaminérgicos, que pueden llegar a requerir intervención psicológica.

En definitiva, es importante señalar que, en la EP, dada su heterogénea sintomatología y especialmente en los aspectos no motores, el papel del profesional de la neuropsicología y psicología clínica/sanitaria, adquiere una relevancia fundamental como miembro activo en el proceso diagnóstico y evaluador, así como en el de intervención.

Sin duda, un equipo multidisciplinar es la mejor garantía de la atención integral y digna, de la que precisan los pacientes con EP y sus familias.

Dr. Adrián Galiana.
Psicólogo y Bioquímico. Doctor en Biomedicina.
Colegiado CM 02915