En el año 1992, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático declaró el 26 de marzo como el Día Mundial del Clima y de la Adaptación al Cambio Climático con el objetivo fundamental de concienciar sobre la importancia del clima y su impacto en la vida de la Tierra.
El crecimiento de la población y el desarrollo industrial y tecnológico están influyendo de manera acusada sobre el clima, provocando, entre otros, problemas como el llamado efecto invernadero, la contaminación ambiental y la sobreexplotación de los recursos naturales que inciden en los ciclos naturales del sistema terrestre. A su vez, el cambio climático influye de manera acusada en las actividades desarrolladas por el ser humano como la agricultura, pesca o ganadería y la extracción de otros recursos naturales, todo ello en una espiral ascendente de producción y consumo de consecuencias incalculables que afectan a la salud y al bienestar de las sociedades.
En este contexto, la organización ecologista WWF puso en marcha en 2007 la iniciativa denominada Hora del Planeta, que se lleva a cabo el último sábado de cada mes de marzo y que este año se hace coincidir con el Día Mundial del Clima. Esta acción simbólica, consistente en apagar las luces de nuestras casas, edificios y monumentos durante una hora para concienciar sobre el cambio climático, se ha convertido en una de las mayores movilizaciones ambientales del mundo, con la participación de millones de personas, ciudades y países cada año.
Con motivo de este Día del Clima, cabe resaltar el papel estratégico de la psicología en la comprensión y abordaje del cambio climático. Nuestra profesión está llamada a desempeñar un papel activo para impulsar cambios individuales y sociales que contribuyan a afrontar el desafío climático de manera eficaz y sostenible. Más allá de sus dimensiones físicas, el cambio climático constituye un reto psicológico y conductual de primer orden.
Desde el ámbito cognitivo, la evidencia muestra que variables como la percepción de riesgo, la distancia psicológica o los sesgos cognitivos influyen en la implicación ciudadana. Traducir el conocimiento científico en mensajes claros, relevantes y aplicables es una tarea psicológica que puede contribuir de manera significativa al cambio necesario. Se recomienda utilizar información basada en evidencia, evitar el catastrofismo paralizante y promover el pensamiento crítico.
En el plano emocional, el aumento de emociones ‘psicoterráticas’ (síndromes mentales relacionados con la Tierra) como la solastalgia, la ecoansiedad o el trauma ecológico plantean la necesidad de desarrollar intervenciones que validen el malestar, promoviendo su canalización hacia la motivación y la acción adaptativa. Fomentar la regulación emocional, la esperanza y el sentido de eficacia resultan clave para evitar respuestas de evitación o indefensión. Estrategias como el apoyo social, la conexión con la naturaleza y la focalización en soluciones contribuyen a reducir la angustia y aumentar el bienestar. La evidencia también destaca que cultivar la esperanza climática favorece la implicación sostenida.
En cuanto al comportamiento, la investigación en psicología social y ambiental respalda la eficacia de estrategias como las normas sociales, los compromisos públicos o el diseño de contextos facilitadores para promover conductas sostenibles. El trabajo comunitario y la promoción de la acción colectiva no solo incrementan la eficacia de las medidas ambientales, sino que también fortalecen el bienestar psicológico, el sentido de propósito compartido y ayudan a las personas a identificar qué acciones son efectivas y cuáles tienen mayor impacto.
En este Día del Clima recordamos que promover el compromiso y la cohesión comunitaria contribuyen a generar esperanza y fortalecer la acción colectiva para avanzar hacia un futuro saludable y sostenible.
Antonio González.
Grupo de Psicología y Medio Ambiente del COPCLM.
Colegiado Nº CM00299






