Los recientes fallecimientos por suicidio de dos adolescentes en Jaén han sacudido profundamente a la sociedad española. A pesar de que la investigación sigue abierta, el impacto emocional y mediático generados sitúa nuevamente en el centro del debate la conducta suicida en la adolescencia, el papel de los medios de comunicación, la eficacia de las políticas de prevención y, principalmente, la responsabilidad compartida -institucional, profesional y social- ante una problemática que, lejos de remitir, continua muy presente.
Un fenómeno complejo que exige explicaciones complejas.
La magnitud de la conducta suicida la recoge la Organización Mundial de la Salud, indicando los más de 720 000 personas fallecidas por suicidio cada año en todo el mundo, siendo una de las principales causas de defunción entre jóvenes de 15 a 29 años. (OMS, 2025). Por su parte, el último informe de Unicef marca alrededor del 7,4% de jóvenes de 12 a 20 años que presentan riesgo suicida elevado y el 6,5% ha intentado suicidarse.
La vasta complejidad que encierra el fenómeno del suicidio impide su atribución a una única causa. A los factores psicológicos individuales -vulnerabilidad emocional, dificultades en la regulación afectiva, procesos de duelo, trastornos internalizantes- se suman elementos sociales y contextuales con los que interactúan: cambios en las dinámicas familiares, aumento del aislamiento percibido, impacto de la vida digital, presión por el rendimiento, experiencias de acoso y, en general, factores y estresores —como el aislamiento por la pandemia de COVID- 19— que, según recientes estudios, han contribuido a un aumento en la ideación y los intentos de suicidio en adolescentes (Morcillo et al, 2025).
Más allá de las especulaciones iniciales, cualquier análisis riguroso debe evitar reduccionismos, comprendiendo todas estas variables como piezas de un sistema que requiere una mirada integradora, por lo que exigirá soluciones igualmente de profundas, tal como subraya la Oficina C del Congreso de los Diputados (2024).
El tratamiento mediático: entre la urgencia informativa y responsabilidad ciudadana.
Tras el eco de la noticia de los fallecimientos, se publicaron diversos comunicados que parten de entidades tales como asociaciones dedicadas a la prevención/intervención/posvención del suicidio, o la propia Sociedad Española de Psicología Clínica, manifestando y rechazando tajantemente la forma en la que se abordó la noticia parte de algunos medios, subrayando el peligro del sensacionalismo y la irresponsabilidad al comunicar acerca del suicidio.
La literatura científica es clara: el modo en que los medios de comunicación informan sobre suicidios tiene consecuencias directas sobre la conducta de personas vulnerables y, en general, a toda la población, distinguiéndose dos efectos documentados.
- Efecto Werther (efecto imitación/copycat): la cobertura irresponsable, inadecuada y sensacionalista de fallecimientos por suicidio puede asociarse a un aumento en las conductas imitativas entre personas vulnerables, especialmente adolescentes.
- Efecto Papageno: una comunicación responsable que evite detalles gráficos, promueva historias de superación y aporte recursos de ayuda puede tener un efecto protector y contribuir a la prevención.
La OMS y diversas guías internacionales han desarrollado recomendaciones específicas sobre cómo tratar informaciones relacionadas con el suicidio, enfatizando la importancia de no detallar el método ni el lugar, incluir contexto y, principalmente, redirigir hacia recursos de ayuda y prevención. oficinac.es+1
A pesar de la decena de recursos divulgativos que recogen estas recomendaciones -como la guía gratuita Palabras que Salvan (Martín-Romo y Hervás, 2025)- y formaciones para medios, la cobertura mediática de estos casos continúa presentando carencias que alimentan el morbo y el reduccionismo. Por ello, se debe insistir no solo en una educación y formación mediática, sino también para la población general en su conjunto, con el fin de eliminar mitos y malas praxis como prioridad.
¿Por qué las medidas actuales no logran los resultados esperados?
Pese al incremento de recursos en los últimos años —líneas de atención, formación docente, protocolos escolares, unidades específicas en salud mental—, los datos no muestran todavía un descenso significativo. Algunas trabas pueden esconderse tras una implementación desigual de las medidas existentes, ya que su desarrollo real varía según el territorio, recursos humanos o financiación. A esto, se suma una falta de coordinación interinstitucional en la que sistemas educativos, sanitarios y sociales muchas veces trabajan de forma fragmentada en lugar de integrarse en redes comunitarias eficaces.
Otro motivo puede deberse a una demanda creciente que necesita de un aumento proporcional de recursos. Los casos de personas implicadas aumentan y se desarrollan más rápidamente que la capacidad del sistema para comprenderlos y responder con soluciones pragmáticas.
Ante esta realidad, los profesionales de la psicología insistimos en la necesidad de reforzar tres niveles de intervención:
- Prevención primaria (universal): fomentar entornos seguros, promover la alfabetización emocional, trabajar la convivencia escolar, fortalecer las redes de apoyo y potenciar la salud mental positiva.
- Prevención secundaria (detección temprana): capacitar a docentes, sanitarios y familias para identificar señales de alerta, garantizar protocolos ágiles y facilitar vías claras de derivación.
- Intervención terciaria (atención especializada): asegurar recursos suficientes en salud mental infantojuvenil, reducir listas de espera y ofrecer intervenciones basadas en la evidencia que incluyan a las familias.
Óscar Martín-Romo Rivero.
Psicólogo General Sanitario y Neuropsicólogo, Nº col. CM02930
Referencias:
Suicidio – Organización Mundial de la Salud.
Mental Health and Suicide Attempts in Adolescents: A Systematic Review.
Prevención activa del suicidio.
Guía de buenas prácticas y comunicación responsable sobre la conducta suicida.






